Crisis de fe
Aceptar es, a veces, una forma sensata y serena de rendirse.
Confieso que, de niña, era un poco beata. Mi familia es católica, pero sólo va a la iglesia en los funerales; sin embargo, insistía para que me llevaran a misa los domingos. Me amarraba al cuello el pañuelo de la Infancia Misionera, con la bandera de El Vaticano. Vivía con misticismo la Semana Santa, como si de verdad se hubiera muerto alguien, y me gustaba la Navidad, como si de verdad fuera un cumpleaños. Mis papás escondían los regalos y yo husmeaba cuando estaban distraídos, o escuchaba sus cuchicheos mientras empacaban. Durante años fingí que creía en el Niño Dios para no dañarles la ilusión. Les hice creer que creía en esas cosas.
Estudiaba en un colegio de monjas más bien liberales de una comunidad religiosa francesa que se tomaba bastante en serio la formación en artes y humanidades. Cada mañana veía al final del pasillo que daba al patio una foto inmensa de Robert Powell -el actor inglés para quien interpretar a Jesús fue, paradójicamente, una maldición- con una frase: “Pedid y se os dará. Todo el que pide, recibe; pero pedid con fe”. Yo pedía con fe y no se me daba. Debe ser difícil ser Dios y soportar la cacofonía de millones de voces pidiendo mil cosas al mismo tiempo.
Durante los dos últimos años del bachillerato, alfabetizamos e hicimos brigadas de salud todos los sábados en Ciudad Bolívar. Esa experiencia me marcó. Mi familia es de clase media, de origen rural, como muchas familias colombianas. No éramos ricos, pero tampoco pobres, y siempre supe que había quienes tenían menos y necesitaban más. Yo quería ayudar y, en un arrebato de locura temporal, hasta pensé en ser en monja; pero ver, con apenas 15 años, la miseria más absoluta, me hizo cuestionarme todo aquello en lo que había creído, en lo que se suponía que debía creer. Volvía a mi casa con rabia, tristeza y muchas preguntas; conmovida en silencio por el afecto de personas que no tenían nada, pero querían mostrarme su agradecimiento como podían. Me enfadé con Dios de tal manera que decidí que, si existía, debía ser un padre injusto, al que no le importaban por igual todos sus hijos. Todo lo contrario del mío. Y yo no podía creer en algo así.
Paradójicamente, perdí la fe en el colegio católico que moldeó, de muchas maneras, lo que yo ya llevaba adentro. Renuncié a estudiar en una universidad religiosa y a celebrar ritos. Si asisto a alguno, es sólo como acompañante. Fui tan radical, que mi familia se enfadó conmigo muchas veces. Hay ateos tan recalcitrantes como muchos creyentes y son francamente detestables; temo haber sido, al principio, una de ellos. Ahora, la religión me interesa como un hecho cultural, social e histórico. Me declaro agnóstica, no atea: no creo en dios alguno, pero no puedo probar que no exista. Espero de los creyentes el respeto que yo les muestro. Vivir fuera de Colombia, donde está tan mal visto discrepar de las creencias social y culturalmente impuestas, fue un alivio. Apenas recientemente le conté a alguien, por primera vez, que hace años renuncié formalmente, a todos los efectos, a la iglesia católica; una institución a la que critico y en la que no creo. Nunca se lo conté a nadie por privacidad y para evitar polémicas innecesarias. No intento convencer ni disuadir.
Me reconcilié con la Navidad y la vivo con absoluta indiferencia, como un día cualquiera, o como una celebración social más, sin la incomodidad que me generaba la hipocresía y el consumismo desaforado que promueve, o la obligación de estar feliz y lucir una sonrisa digna del anuncio de una crema dental; sin embargo, todas esas imposiciones me parecen injustas con quienes no pueden estar felices o cumplir con lo que la temporada exige. Recientemente, un conductor desahogó conmigo su angustia porque no tiene dinero para regalos. Sentí pena por el pobre hombre. Pienso en quienes están tristes, arruinados o en duelo.
En esa primera crisis de fe, abandoné completamente la creencia en Dios y estoy en paz con ello. La música de Bach es lo más cerca que he estado de creer en la divinidad. Soy una persona espiritual, que encuentra solaz en la belleza, y que cree en otras formas de trascendencia. Mi religión es la integridad: hacer lo correcto aunque nadie esté mirando. En mi juventud fui más crédula e idealista, ahora he dejado de creer en muchas cosas y personas. Me cansé de intentar cambiar lo que nunca cambiará. Aceptar es, a veces, una forma sensata y serena de rendirse. Perdí el interés en causas perdidas por las que lo di todo. Ahora creo en otras cosas. A veces pienso que hay un péndulo que oscila incesantemente entre la misantropía y el humanismo.
Pero esa es otra historia.


